martes, 27 de diciembre de 2011

El Heredero

    La casa era grande, con techo de guano y tablas fuertes. Los terrenos rojizos y con ganas de parir en cada temporada. Desde la carretera polvorienta de rocoso, se respiraba el olor tierno de la siembra y el devenir de animales de casi todas las especies.

    Lo que nunca pudo explicarse Pepe Ortiagas, dueño de estos dominios, fue la inexactitud o el poco cuidado que había tenido, casi en el ocaso de su juventud en la gestación del último de sus vástagos. Pepín era un muchacho recio, con una pierna torcida y los brazos tan extraordinariamente largos, que de haber pertenecido a otra persona, los hubiera tenido chocando entre las rodillas, pero él, los balanceaba como aspas de molino y le iba muy bien con su figura mongoloide.

                                                            
    Sin embargo, Pepe Ortiagas con el pasar de los años, no le guardó rencor a tan mala muestra, sino, que más bien, estaba agradecido. Pepín fue el único que se ocupó de los sembrados y de los animales, cuando él decidió comprarse un auto, y dar viajes de alquiler desde el pueblo cercano a la cabecera de provincia.
Cuando el sol recogía los jirones de niebla y los suspendía de las copas de los árboles, Pepín ya estaba en pie. Ordeñaba las cuatro vacas, dábales de beber, buscaba buen pasto para los chivos, los carneros y se sentaba a tomarse un cacharro de leche cruda lleno de espuma. Más tarde se hundía en los sembrados; Todo se lo había enseñado Pepe Ortiagas, desde que era un retoño que se limpiaba los mocos con la punta de la camisa: cómo dominar la mala hierba, encauzar el regadío, trillar la tierra y recoger el fruto.


    Después que almorzaba, se tiraba debajo de la mata de mango y arrobado contemplaba los jinetes del universo, nadie sabía si era que dormitaba con los ojos presos en las formas etéreas o si en pleno vuelo se sumergía en un mundo de grotescas brujas y princesas de harina de maíz, pero sonreía, y eso tranquilizaba a la madre y a la hermana que lo atisbaban desde la ventana de la cocina.
Pepín nunca había ido al pueblo, siempre lo imaginó como los enormes hormigueros que nacían debajo de las ceibas que daban sombra en la portada, no sabía de cines ni de fiestas tardías, aunque trasnochaba a menudo, en espera del paritorio de algún animal. Así fue también con la puerca blanca. Al otro día Pepe Ortiagas lo encontró con los ojos de toda la noche en vela y preguntó:
¿Cuantos tuvo?.
-Uuuno sooolo -contestó en su tartamudeo habitual.
-¡Pero qué clase de puerca 'e mierda!, ¡parir uno solo!.
-¡Naaació mueerto! -volvió a decir Pepín.
Y no se habló más del asunto hasta el día de la visita.
La única cosa pecaminosa de Pepín, al decir de la madre, era esa maldita costumbre de sacudirse la entrepierna cuando pensaba que nadie lo observaba y hasta por debajo de la mesa cuando se sentaba a almorzar y la morena Tomasa, pasaba por el terraplén con el bamboleo de sus caderas gigantes. Por lo demás, era un santo, afirmaba con firmeza.

    Su hermana Mercedes no opinaba lo mismo; A él achacaba su larga soltería, y único culpable de espantar a cuanto galán asomaba por la finca. Así fue con el hijo de los González, que vino a presentar sus credenciales  por lo de la pedida de mano. Había que ver noche más tranquila y hermosa aquella y que de besos acalorados en la portada disfrutó la pareja. Y Pepín en el patio con zancadas de ida y vuelta y la vista clavada en la carretera. Nadie se explicó después que el galán se despidió, y Pepín lo acompañó hasta el entronque,  porque el mozo jamás regreso, ni envió recado del motivo de su abrupto rompimiento.

    Luego fue lo del hijo del cartero. Ella parada en la talanquera viéndolo venir pedaleando delante de una nube de polvo y casi cuando lo tenía ahí, se apareció Pepín y dale que a mirarlo también. Después se dio cuenta que algo raro había pasado, la nube blanca se congeló en el tiempo y hombre y bicicleta, colgados frente al portón de la finca de la mulata Tomasa, y por mucho que encogió Mercedes los ojos en la distancia, la puerta del bohío se abrió un instante y luego permaneció cerrada a cal y canto, por los siglos de los siglos, eso sí, el colmillo suelto entre los labios retorcidos de Pepín brilló burlesco toda la tarde.

    Cuando llegaron de la capital las primas de Pepe Ortiagas, el dueño de casa salió al patio y pasó un rápido balance para determinar las posibles víctimas del almuerzo. Pepín no estaba, había ido a reparar la cerca por donde los choferes de paso, se metían a robar yucas.

    La puerca blanca a lo lejos, colgada y afeitada, ofrecía un espectáculo alucinador, así la vio Pepín. Se acercó despacio y cuando la realidad se le metió ojos adentro, lanzó los instrumentos que traía consigo, lleno de rabia. Por unos instantes estuvieron lloviendo clavos y puntillas. A los alaridos todos salieron al patio, viendo a Pepín que se revolcaba en la sangraza que goteaba del animal. Lo levantaron y casi a empujones lo sentaron y le dieron un jarro de agua, pero eso no lo tranquilizó, los mocos se confundieron con las lágrimas y las convulsiones estremecieron el taburete.

    Pepe Ortiagas se plantó frente a Pepín y cuando su mano se iba a apoyar en los cabellos húmedos para buscar la palabra adecuada y calmarlo, éste pateó el piso y volcando el asiento echó a correr hacia la portada. Pepe Ortiagas lo siguió, no tuvo que correr mucho, justamente al terminar el campo de maíz, debajo del algarrobo se detuvo Pepín. Más tarde con un desaforado movimiento se arrodilló en la tierra y empezó a escarbar. Pepe Ortiagas se paró detrás de la sombra de su hijo, con el corazón amenazando en romperse por el esfuerzo de la carrera.
    En el hueco recién abierto había residuos de pellejos, y el esqueleto de un animal pequeño, pero cuando Pepe Ortiagas dilató los ojos y las manos de Pepín dejaron de moverse, adivinó una cabecita humana y hasta las paticas ya putrefactas, le parecieron demasiado largas para ser las de un cerdito blanco.

Por SRM
                                                        





miércoles, 21 de diciembre de 2011

El nudo


Luego marchaba silenciosa
a la penumbra candorosa
y un triste orgullo la encendía
¿Que pensaría?
Jose María Eguren

    Es así, por más que doy vueltas y vueltas se queda donde mismo, como un perpetuo lazo, un revoltijo de hilos que se diluyen y se desvanecen entre los dedos.
Hoy llegará María Inés. Ocho meses sin verla ¿Vendrá atrasado el tren?.
Y aquellos nueve años ¿Por qué no tengo mamá?. Porque no la necesitas. Pero todo el mundo en la escuela tiene, y hoy en la clase de Biología explicaron que las gentes nacen de una mamá. ¡Porquerías!... ¡Algo habrá pasado con ella! ¿no?. Cuando usted nació, su madre enfermo y al cielo se fue. ¿Y vive allá?. Misericordioso que es el señor. ¿Vendrá a verme?. Que eso está lejos y el viaje cuesta lo suyo.
    Para que decirle que su bendita madre, recogió los bártulos un buen día y se largó para la capital con Chucho el camionero. María Inés en sus primeros pasos, creciendo y escarbando por todos los rincones del pueblo... y en las tardes cuando el calor menguaba, la colocación de un ladrillo para alcanzar al fogón y a la ventana para verme venir y enseñar su sonrisa carente de algún que otro diente. Apure padre, que los frijoles se enfrían.
    El cansancio y el administrador que a las seis de la tarde se le ocurre mandar las reses para el matadero. ¿No podrían vivir un día más las infelices y yo terminar la jornada laboral como Dios manda?. Pero que estos frijoles saben a mierda ¡Riquísimos hija! Padre, desde hoy en adelante cuando llegue de la escuela voy a cocinar.
    Sentados en el portal en sillones de balancín con las estrellas colgando en la noche clara y el olor a guarapo mezclado con la hierba seca y la tierra polvorienta.
“ ¿Usted está en la cola de comprar pasajes?” Que no, que yo estoy esperando el tren donde viene mi hija”.
Y María Inés ya no persigue mariposas, o colecciona luciérnagas; tampoco suspira desde su taburete antes de irse a la cama. Padre, voy a estudiar técnico agrónomo. ¿Cómo? ¿Y eso qué es?
Ya es seguro que el tren viene atrasado, pero igual nadie me saca de aquí hasta que pase el maldito.
    Dos años, ¡Dios mío! que largos días y que escasos fines de semanas. ¡¿Pero ya?! Este es mi diploma papá. Buenas notas, ¡Caramba!, ¡Quien lo hubiera creído! y usted, hija... Me envían a Villa Clara, ya sabe por lo de cumplir el servicio social. ¿Villa Clara? “Donde diablos de todos los infiernos queda eso”. Pero no se preocupe mi viejo, porque ahora vienen las vacaciones. Y los días goteando. Ojala se hubiera marchado al otro día, entonces no hubiera sucedido lo otro.
    Pero ella está en camino de regreso, que así lo decía el telegrama: “Llego miércoles, espérame”. Ni besos papá, ni palabras sobrantes para sobrellevar la expectativa. Que no soy culpable María Inés, te lo juro.
¡Oye Antonio! como que vi a tu hija el otro día. Pues que bien, Pancho. Y que también escuche comentarios. Pues, venga hombre ¿Qué es lo que anda en la boca de la gente ahora?. ¡Nah! usted sabe... son cosas. ¿Me va a decir compadre?. Lo de María Inés que está de muy amiga con la Isabel. ¿Y quién es esa?. Esa muchacha de la capital que anda de práctica por el plan ganadero, usted sabe. ¿La tractorista?. Sí, creo que tiene que ver con algo de agronomía. Y bien, ¿Qué pasa conque mi hija tenga una amiga? Usted no lo creerá compadre... pero las cosas son más complejas. ¡Acabalo de soltar, carajo!. ¡Que andan medio que emparentadas!. ¿Emparentadas?. Sí, que son pareja. ¡¿Pareja?!.
¿Y no es el cabrón el último que se entera?
¿Usted vera, hija...que la gente está diciendo...
¿Sobre qué, papá?.
De usted y esa tractorista de la capital.
¿Ah sí?¿Y qué es lo que dicen?.
Digame la purita verdad, hija ¿Cuanto de amiga es esa mujer para usted?
Muy amiga.
¡Hablemos claro! ¿Ella le ha ofrecido algo a usted?
¿Ofrecido?
Bueno, si está tratando de... convencerla...
¿No entiendo papá?
Ya sabes María Inés, esas amistades que no son buenas a la larga, porque te embarran hija... y ya la gente dice que estás... ¡Jesús María y José! ¡Revolcándote con ella!... ¿Habrás visto que burrada!
¡No se ponga así papa ¿quiere? yo se lo iba a decir en estos días!. ¿¿El qué??.
Lo de nuestra relación.
“!La madre que te parió!” ¿Una relación?
Sí papa, ella es mi chica.
¡Cállese la boca!
Se que no es del gusto de todos, pero ella es una buena muchacha. ¡Que cierre ese pico, carajo!
Y yo la quiero.
¡Y que tape esa maldita boca para hablarme así!
¡Lo siento papa, estoy enamorada!
¡Mi hija no es una vulgar lame coños!
¡Padre!
¡Ni una jodida palabra más!
¡Pero tiene que entender!
¡Prefiero que se quede tejiendo calcetines toda su puta vida o que incluso se arrime con un negro, pero ... con una mujer! ¡Primero muerta!.
    Es un nudo, y uno hala, estira, desenreda y cuando piensa que ya tiene la punta, resulta que está quebrado y que no, ese no es el extremo de donde todo se hace un embrollo.
    Ya viene el tren, arrastrándose y rezongando por la humeante vía férrea, llevando apenas un retraso de dos horas.
Y la siguiente tarde, ahí, justamente en el deslinde del pueblo con el plan Genético forestal: María Inés con la rubia tractorista. A éstas las reviento yo, y lento, acercándome por detrás de los arboles, sin hacer ruido, despacio y quieto, observando.
    Ahí están, manos con manos estrujadas, contemplándose con expresión idílica de idiotas, ajenas a este que soy yo.
Ella, cabellos largos y dorados desparramados inclinandose y rozando labios de espera de mi María Inés que sonríe suave y dichosa; con ojos que alzan vuelo hacia las palmeras, o hacia el horizonte suspirando a las palabras de su amante. Rubia que se separa y arranca una florecilla silvestre del camino y prende a cabellos oscuros. Semblantes como paridos de un poema de esos que su madre releía los domingos de descanso y sobre todo espejos de estrellas encendidas en las miradas. Atrás, despacio, alejándome, sin hacer ruido. ¡Dios! ¿Cuando fue que me hice tan viejo?
    Fue en la represa como mar obligado a estancar las aguas donde la rubia tractorista, revisaba los viveros de peces que los técnicos habían traído unos meses atrás. La joven sentada en el muro de hormigón en mi espera antes de su próxima inmersión. Innegable cuestionamiento del cuerpo de muy buen ver y las facciones hermosas de la fulana. Buenos días Antonio, tengo que hablar con usted. Pues, ya la escucho. Quiero hablarle de su hija. ¡Mala cosa!. Hubiera querido ir a su casa pero creo usted trata de evitarme... ¿Qué pasa con mi María Ines?. Yo la quiero. ¡Eso es pura mierda señorita como quiera que se llame!. ¡Espere! por favor, estoy dispuesta a hacer lo que sea para tener su consentimiento, sé cuanto usted significa para ella. No hay nada qué hacer. ¡Nos queremos, señor! usted debe entender. Mirada abierta, limpia, reclamando y se me quedan cortos los argumentos.
¡Lárguese de estos parajes, tractorista! se que mascullo pasando de largo.
   Efectivamente el tren entra bufando y se detiene ¿En que vagón estará? porque ha tenido que venir sentada ¿verdad?
¡Pero esa muchacha se tiró al agua y no sale. ¿Cuanto tiempo se puede estar sin respirar allá abajo?. ¡Carajo! mueve el culo y mira ver por que no acaba de asomar esa cabeza de pajuza rubia por sobre el muro. Deja de estar sentado esperando que Robaina venga con los sacos de abono y echa un vistazo. ¡Burbujas en el agua! ¡Me cago en...! Afuera camisa, sombrero y botas. El agua turbia, y rejillas con alimentos para peces por debajo de la linea de flotación ¿A donde mierda está la tractorista?. Arriba, oxigeno y abajo ramajes temblequeando con las ondas expansivas de movimientos desesperados en la búsqueda. ¡Juré que la vi lanzarse desde aquí? ¿Por qué ahora no está?
“¡¡¡Tractorista!!! gritos clamando desde lo alto del muro a todos los vientos.

    Es el fondo agitado de suciedad, ramas muertas y cumbres de chatarra, y el desplomado cuerpo de la rubia con ojos de pescado y latidos de tortuga en la sangre. ¡Su pierna engarzada en una grieta entre los inservibles restos herrumbrosos!
    ¡Avemaría Purísima! oxigeno, y desespero de compartir el aliento, cabellos como tentáculos dorados entre el lodo y raíces del fondo y tentativa fallida de liberarla de todos los males. ¡Carajo, tractorista! ¡Respire por Dios!. No se me vaya a morir ahora. No me jodas la vida mujer y respira, que no por mí, que por la María Inés ¡Carajo! Que ponga de su parte, con esos cojones con que supo ganarse a mi hija, utilizelos ahora para salir de esta pendejada.¡Que se me va! ¡Mierda! ¡Por favor tractorista, no me haga esto! ¡Y respire!

    ¡Mírala, es ella! mi María Inés, ¡Cristo tan delgada y tan ella!. Ya se baja, ¿porque tendría que ser la última en salir del tren?.
Nunca voy a olvidar, aquella tarde cuando llegué a casa después que medio pueblo se había volcado a orillas de la represa por curiosidad o con ánimos de ayudar. Ojos como fiera salvaje y herida de muerte diciendo esas cosas que dicen las mujeres cuando revientan de sufrimiento. Dejame explicarte María Inés. No es necesario padre, igual ya todo acabó. Yo traté de sacarla, hice todo lo posible. Me voy en el tren de la noche. ¿A donde?. No lo sé. ¡Por Dios! ¿Cuando regresas?. El eterno silencio y el golpe de una puerta maciza entre los dos.
    Ahora ella me ve y viene hacia mí. ¿Está sonriendo o son ideas mías?. Si, todavía con ojos de perro apaleado, con vestigios de dolor pero aclimatándose al proceso de resignación... ¿o de perdón?
El abrazo lento, eterno. ¡Lo siento tanto, hija!. ¡Oh Papa! Te eché tanto de menos. ¡Cariño, yo... no quise que... eso... que pasara y me siento tan culpable!. ¿De qué papá?. De rechazar a ... a su chica ...de que sucediera. Lo se papá, usted no tuvo la culpa. Mientras la sacaba del agua, le rogué a Dios monton de veces para que indultara su existencia, porque ni usted ni ella merecían eso, pero ya usted ve...
¡Te quiero tanto por eso, papá!
Entonces nos empeñamos y dale que dale y el maldito nudo ahí,
sin apenas alguna terminación visible y vueltas torciendo a la derecha, para deshacer hilachas sueltas hasta que finalmente nos topamos con un extremo, entonces ya no es un embrollo sino que va saliendo, así no mas que como un hilo largo, con sus dos puntas.

Por SRM